Hans Muller paseaba con su hijo Derek, de cuatro años, por la feria del libro de Maguncia. En el puesto del viejo Johannes, Hans compró a su hijo un cuento con dibujos de dragones y doncellas, de autor poco conocido. Derek cogió con una mano el libro   y con la otra se afianzó a la de su padre. Continuaron el paseo hasta otro de los puestos en donde dialogaban algunos de los escritores más renombrados. Uno era famoso por   las filigranas   con que adornaba las uves que, como bigotes ensortijados, iniciaban, invariablemente, todas las páginas de sus libros. Otro era admirado por los títulos que ponía a sus obras. Otro por haber obtenido Cédula Real que le permitía utilizar los nombres de los infantes. Cada uno era dueño de una parcela que nadie más se atrevía a pisar.

– Mira, Derek. Son los que escriben los libros importantes.

El niño miró a los ojos de su padre, observó al grupo de escritores, se miró la mano en la que llevaba el libro y no entendió qué relación podían tener aquellos hombres con los dragones y doncellas de su cuento.

 

José Manuel Motos Galera

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