La conoció en el principio de las noches insomnes, tumbada sobre la alfombra, en el último curso de la escuela primaria, y supo de una fascinación irreconocible al instante, aunque no tuvo ocasión de ponerse frente a ella hasta entrada la veintena, en aquel primer año de vermú de grifo y librerías de viejo en Madrid. Cerca ya de cerrar los treinta, como cada mayo desde que la ciudad la hizo suya, regresa al ritual minucioso que antecede a su ineludible cita con la Feria: el vestido de lino tostado, el sombrero de la cinta verde hiedra, la sonrisa color vino. En la larga hilera de lectores, repasa a boca cerrada, como un coro de Puccini, las palabras que trae de ayer. Cabrá solo un breve momento para la intimidad: busca el tono correcto, el timbre exacto, la calidez precisa de su voz. Es así como quiere que la oiga cuando frente a la caseta, con la mirada prendida en esas manos en que nace la ficción –tal vez en futuras ediciones reunirá el valor para alzar la frente y confesarle que de sus páginas intuyó, por vez primera, la vida a la espera–, diga: “Para Lara”.

Texto: Dolores Almudéver @DAlmudever

Foto: Mario Pedrazuela

Finalista, III Concurso ePRIZES de Literatura Instantánea

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